LibrePluma: ¿Qué he hecho?

Allí estaba yo, deseando con todas mis fuerzas que esto terminara de una vez por todas. No me acuerdo como llegué hasta aquí, sólo se que estaba metido en un lío del cual no sería fácil escapar.

Ante mi se levantaban dos posibles opciones; mirar hacia adelante y empezar mi vida desde cero, o volver hacia atrás e intentar recuperar mi pasado.

Lo pensé más detenidamente, debía conocer más sobre mi propia historia y empezar de nuevo sería excesivamente difícil, por varias razones. Primero, no tenía mucho dinero y segundo, me avergonzaba demasiado de mi mismo. Había de remontarme tiempo atrás para analizar qué fue lo que pasó y porqué motivo acabé en este lugar.

Todo era tan confuso, que tan sólo la idea de rememorarlo me causaba una intensa angustia. ¿Quién era aquella extraña mujer? ¿Porqué irrumpió en mi vida de repente, llevándoselo todo por delante? Era injusto, totalmente injusto. Pero la vida es así, impredecible.

Hice un esfuerzo, después de todo, era mi deber ahondar en las turbias aguas de un oscuro pero reciente pasado. Recuerdo aquel día como si fuera hoy. La calzada estaba ligeramente mojada y en el cielo, las nubes se mezclaban con tímidos rayos de sol. Yo, como siempre, terminaba mi jornada laboral y me dirigía al coche. Aquel había sido un día normal, hasta ese momento. Estaba dejando mi maletín en el asiento trasero, cuando de repente, oí una voz femenina que me llamaba.

-Perdone, ¿Es usted Andrés Sabuco?- Preguntó aquella mujer. Era alta, delgada y de buen vestir. Lucía una media melena de color castaño con ligeros tonos anaranjados. Me dio la sensación de que yo le resultaba familiar.

-Sí, soy yo ¿Me conoce de algo?- Respondí, con un cierto tono de confusión.

-Claro que le conozco, y me sorprende que usted no me conozca a mi- Lo dijo con un cierto tono de preocupación y enfado.

En ese momento me quedé pensativo, no la conocía de nada. Intenté rememorar, pero no me dio tiempo. Perdí la noción del espacio y todo quedó borroso. Fue como un golpe, un crack y después el vacío. Cuando recobré el sentido, un tanto aturdido, caí en la cuenta de que no estaba en mi coche. Estaba en una habitación de escasa iluminación donde sólo una lámpara colgante emitía un tono blanquecino y titubeante. ¿Qué era aquello? ¿Dónde estaba? ¿Qué había pasado?¿Quién era aquella extraña mujer?

Las correas de mis muñecas me apretaban bastante y cuanto más forcejeaba, más daño me hacían; era obvio que no me iba a escapar tan fácilmente. Mi respiración empezó a acelerarse y el pánico creó en mi cabeza la idea de que estaba en verdadero peligro.

Recordé los ejercicios respiratorios que el psicólogo me mandó para mi ansiedad. Cerré los ojos y me intenté concentrar en un papel en blando, pero cada vez que lo hacía, esa mujer aparecía rompiéndolo ¿quién era esa mujer?

La concentración no me ayudaba y abrí los ojos. Me puse a examinar la habitación desde mi camilla, de izquierda a derecha, para intentar darle una explicación a lo que me estaba sucediendo. La débil luz que emitía la lámpara del techo no me ayudaba a distinguir plenamente las formas pero en su vaivén, permitía alumbrar algunas zonas del oscuro cuarto
-Bien chico-dije en voz alta-a tu izquierda tienes un armario viejo y podrido por el herrumbre que sólo tiene un marco con una foto, o eso parece, de una ¿niña? ¡joder, que oscuro está todo! Se me nubla la vista-dije en voz alta.

Miré a los pies de mi camilla y sólo se vislumbraba una pared con un cartel de la Feria del año noventa y cinco, rasgado por algunas de sus esquinas, aunque se distinguía parte del dibujo.

-¡Ah! Me duelen las muñecas-dije en voz baja.

Giré la cabeza a mi derecha y la vi, delante del iluminado marco de la puerta; era ella. No me había dado cuenta hasta ese momento, tal vez me habían drogado, pero no pude escuchar el ruido de la puerta abriéndose. La contraluz no me dejaba ver claramente su rostro pero pude distinguir su esbelta figura, su media melena y ese vestido que se ajustaba perfectamente a su cuerpo. Entonces, empezó a hablarme.

-Andrés, si sigues moviéndote, te harás daño-me dijo con tono delicado, cómo el que utilizamos para aconsejar a un niño travieso.

-¿Quién eres?-pregunte esforzándome por distinguir algo más que una sombra a la luz del pasillo.

-Es irónico que no adivines quién podría ser-me respondió mientras avanzaba hacia mi.

Yo intenté e intenté recordar, pero era imposible, veía borroso, y  aquella voz amable,tan familiar…

– Soy Rut, ¿te suena ya mi nombre?

– ¡No puede ser!- grité- ¡ESTÁS MUERTA! ¡YO TE VÍ MORIR!-y entre lágrimas  y aliento entre cortado- ¡Eres mi mujer!Mi hermosa y delicada Rut, ¿Por qué has vuelto?¡NO PUEDE SER!

– Andrés, tranquilízate, sé que no es fácil esta situación, pero yo te lo voy a explicar: el accidente que sufrimos fue real y mi entierro también lo fue, pero yo no soy quien tú piensas. Soy un experimento, he viajado en el tiempo y necesito que me escuches con atención.

– ¡QUÉ DICES! ¡ESTÁS LOCA! ¡TÚ NO ERES ELLA!

– Si soy Rut, y me tienes que ayudar.

Yo no entendía nada, cómo podía ser posible; Rut viva y viajando en el tiempo. No, estoy loco, esto no está pasando, me han secuestrado y quieren información sobre la seguridad de los bancos que yo llevo. Me han hecho creer que es ella, mi Rut y mi trauma del que aún hoy no he levantado cabeza. Pero la miro y no lo puedo evitar, ya despierto totalmente de la droga que me ha nublado la cabeza la veo delante de mí y  reconozco su olor, sus gestos que ya casi había olvidado. Son tantos años sin ella, veinticinco nada menos, pero ella está intacta, inmutable, no lo puedo creer, me duele tanto sólo el hecho de que algo de esto sea posible que sea cierto. Yo la vi,  al lado de mi en el asiento del copiloto respirar lentamente hasta perder la mirada en el infinito y sin poder hacerme a la idea de perderla para siempre, es imposible esta sin razón.

– ¡Andrés!

– No quiero escucharte, no es posible que seas ella.¿Qué quieres?

– Soy yo, créeme. Por favor hazme caso Andrés, te necesito. Necesito que me devuelvas el colgante que llevaba puesto el día del accidente, ¿te acuerdas? Me encantaba era mi favorito.

– Siempre decías que fue el último regalo de tu padre, una piedra luna.- No me lo puedo creer, Rut, eres tú- Te brillaban los ojos cuando contabas aquella historia.

– Ahora es el momento de desatarte, por fin tienes fe en mí.

Me desató y bajé de la camilla exhausto de toda esa información ilógica. Le di un abrazo y un beso en la mejilla y ella me respondió tan cálida, parecía que aquellos veinticinco años no habían transcurrido, no sabía si era realidad o ficción, pero era maravilloso.

Bajamos por una escalera infinita y juntos atravesamos cinco puertas metálicas, como si estuviéramos en un hospital. Rut me dijo que no me podía acompañar hasta casa, era peligroso que algún vecino la viera viva. Yo asentí. Me llevó en un cochinero con las lunas tintadas  hasta mi Ford Focus. Me despedí con un hasta luego, ella me dijo que hiciera mi vida normal hasta que encontrara el colgante, y se pondría en contacto conmigo para recogerlo y despedirnos de nuevo. Una nueva despedida.

Me eché las manos al bolsillo y saqué las llaves, que solitario me sentí. Abrí la puerta, cogí una cerveza del frigorífico y me hice un bocata de jamón. Con todo preparado y en la mesa del salón, pensé, voy a por el colgante; y allí estaba, tan brillante como aquel fatídico día, entre mis manos. Lo metí en el bolsillo de mi camisa, me puse el pijama, y me acosté. Había sido un día demasiado largo.

Desperté sobresaltado y jadeante, encendí la luz de la mesilla y comprobé dónde me hallaba. Era mi dormitorio. No entraba luz por el hueco de la persiana. Abrí el cajón de la mesilla y saqué el reloj de pulsera. Las 6:19, demasiado temprano para hacer nada. Apago la luz, doy media vuelta e intento dormir. No puedo. Desde esta posición veo la camisa apoyada en la silla, y en el bolsillo ese colgante, el preferido de Rut, mi Rut.

Cuando empezaban a cerrárseme los ojos escucho el derrape de un coche a toda velocidad que se acerca a mi edificio. Suena el móvil.

– Dígame.

-¡Andrés, rápido, sal de ahí!

– ¡Rut! ¿Qué pasa?

– No hay tiempo para explicaciones, sal por la escalera de incendios, están subiendo a por ti. ¡Te quieren matar!

– ¿A mi? ¿Por qué?

Rut había colgado. Empecé a vestirme rápidamente mientras me asomé por el hueco de la persiana. Ahí estaba parado un todoterreno negro. Se me erizó el vello. Me puse la camisa y palpé con la mano el bolsillo sobre mi corazón para comprobar que el colgante seguía ahí. Cogí las llaves y salí de casa dirigiéndome por el pasillo a la escalera. De un vistazo pude ver cómo el ascensor subía; planta 3, planta 4, planta 5… – Por suerte vivo en un noveno – pensé.

Abrí la puerta de la salida de emergencia y empecé a bajar todo lo rápido que mis piernas me permitían. Volvió a sonar el móvil. No contesté. Estaba demasiado concentrado en no caerme por las escaleras. Llegué abajo y me asomé por la claraboya de la puerta. No había moros en la costa. ¿Y por dónde salgo yo ahora? – me pregunté. Miré el móvil y devolví la llamada perdida que tenía.

– ¡Andrés! ¿estás bien?

– Sí, estoy abajo, en el portal, pero no puedo salir, hay un coche en la puerta y me da a mi que no está vacío.

– Tendrás que hacer lo siguiente: Al salir gira a la derecha y corre todo lo que puedas hasta la esquina de tu edificio. Allí estaré esperándote.

De nuevo colgó. Esa manía era nueva o al menos no se despedía a la francesa antes del accidente. Comencé a escuchar pasos provinientes de arriba. Alcé la cabeza y vi un montón de piernas bajando apresuradamente. El ascensor también estaba bajando, planta 3, planta 2, planta 1… Salí corriendo como alma que lleva el diablo, atravesé las dos puertas del portal y sin si quiera mirar al coche seguí corriendo hacia la esquina. Detrás de mi pude escuchar la puerta del coche cerrándose y al tipo que esperaba en él, correr detrás de mi. Fueron los 50 metros más largos de mi vida, me acercaba a la esquina y no veía a Rut por ninguna parte, además si ella estuviera allí, ¿qué íbamos a hacer contra un tipo que seguramente iría armado?

Finalmente llegué, giré la esquina y casi me doy de bruces contra ella y contra su moto Harley Davidson en la que iba subida. Sin mediar palabra salté detrás de ella y arrancó con un estruendo profundo. Miré hacia atrás y vi al tipo sacar una pistola de su chaqueta, apuntó y en ese momento un giro brusco nos sacó de su perspectiva.

– Creo que me debes una explicación – le espeté

– Y la tendrás, Andrés. La tendrás

FIN

En la redacción de “Marketing lo serás tú” hemos querido fomentar y promocionar la creatividad narrativa con una historia “continuada”. ¿Qué significa? Uno de nosotros comenzó la narración, pero dejándola en un punto en el cual, otro de los compañeros, debería seguirla y así hasta que todos los miembros aportaran una parte inspirada en el fragmento justamente anterior.

El objetivo es crear una historia con orden y sentido, basado en los detalles o claves que el anterior escritor ha ofrecido. Unos rasgos, un nombre o una ubicación desconocida permiten abrir un abanico de posibilidades que se desarrollan en los siguientes renglones.

La técnica de “continuar la historia” refleja como los equipos de trabajo poseen diferentes visiones de un mismo problema pero que atendiendo a los detalles, escuchando lo que todos tienen que decir e implicándose de igual forma, pueden solucionar cualquier inconveniente.

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