Un día en el planeta de las mujeres.

El despertador acaba de encenderse a ritmo de Aretha Franklin, pero dejo que inunde la habitación con su negra voz. Del baño oigo los coros de mi chica pidiendo respeto, aunque durante el día de hoy muchos de nosotros se lo perderán; trabaja en una gran superficie.

No suelo desayunar en casa porque prefiero ver cómo prepara el café Carla. Siempre tiene una sonrisa dispuesta que endulza mi café más que cualquier tipo de sacarosa insípida. El ritual ya se hace clásico, inherente a los dos, cuando me desea los buenos días o yo le devuelvo la gentileza. No hace falta que me pregunte por mi vida o por el partido de fútbol que perdimos el Domingo, tan sólo me conformo con su sonrisa y que el café no se le queme por cuarta vez consecutiva; es lo que tiene tener 22 años.

Me gusta ir al trabajo andando porque puedo cruzarme con la auxiliar de farmacia, la frutera y chica del Zara. Raquel, Tere y Lucia abren a la vez, cómo una coreografía de ballet, quitando la alarma, apretando el botón de la persiana, esperando a que deje media apertura para entrar y desaparecer a la carrera en el interior del local. Cada día me asombra verlas y no encontrarme alguna de las persianas todavía cerrada o un coche empotrado.

Mi oficina está en el edificio más alto de la ciudad. En el piso de abajo están los que menos relevancia tienen para la empresa y en los últimos pisos, los gordos peces y el gran tiburón blanco. Cruzo la puerta principal y saludo a Emilia, la inmortal secretaria que está aquí incluso antes de que yo estudiara la carrera. No exige mucho, tan sólo que seas educado, le preguntes por sus nietos y algún piropo de vez en cuando que la haga desistir de salir a la calle para dejarse atropellar por el primer camión de cerveza que se cruce. Al salir del trabajo no me olvido de un pertinente “si no tuviera pareja, me casaba contigo”, a lo que ella me responde con una leve sonrisa de tristeza y la frase de siempre “¿dónde vas con una vieja?”.

La noche pone fin a mi jornada pero todavía puedo ver a Marta en la perfumería atendiendo a varios clientes. Probablemente no haga la venta y se tenga que ir a su casa a abrazar a su hijo con el miedo de ser despedida. ¿Miedo de perder un salario de mierda? Todavía le quedan algunas horas y los clientes se van sin la crema de quince euros que tanto le ha costado explicar a una mujer repleta de arrugas; que barata se vende la esclavitud.

Antes de llegar a casa me paso por el “Sexys”, un pub repleto de chicas, piernas largas y escotes. Las camareras son simpáticas aunque es Loli la que me da conversación. Tal vez porque la llamo por su nombre o porque le miro menos veces los pechos que el resto del local. Me comenta que su jornada acaba de comenzar y que todavía tiene reciente el último tema de la oposición. Mientras se aleja para servirme la segunda Alambra, pienso que a cada piropo malsonante que recibe, a cada mirada asquerosa que esquiva, se acerca más a una esperanza de trabajo dónde tiene que competir con otros mil desgraciados; yo me casaba con un millonario y que le diesen a todo.

Abro a puerta de mi casa y mi chica no ha llegado. En el WhatsApp leo que les viene un camión cargado de género de no sé dónde y que se queda a descargarlo, que tengo la cena en el frigorífico y que empiece sin ella. Creo que me abriré otra cerveza y veré la tele; se me han quitado las ganas de cenar. Todavía no comprendo cómo el planeta de las mujeres sigue girando.

Mujer anónima.

Mujer anónima.

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