La historia de amor que #Spotify no entendía.

Esta es la historia de amor más normal pero extraña que nunca oiremos en años. No se conocían antes ni creo que se lleguen a conocer toda su vida, pero amarse, si estoy por seguro que se amarán casi siempre.

David wax museum. Fuente: davidwaxmuseum

David wax museum. Fuente: davidwaxmuseum

Todo empieza cuando chico conoce a chica y existe un flechazo. Todo debería empezar así pero no este caso, este caso va de sentimientos que se van ocultado, escondiéndose de sus conciencias, sin que se den cuenta y cuando menos se lo esperan, cómo una mala enfermedad que aparece sin avisar, te come por dentro y te infecta todo tu cuerpo; enfermo y sin cura.

Ahora, las miradas son más frecuentes, las risas más estúpidas y la angustia de volver a casa solos, más frecuente. El dolor tiene una curiosa forma de recordarte que estas vivo, de que sientes y respiras porque de eso se alimenta, de tu acelerada respiración y de las lagrimas que ahogas entre canciones.

Una declaración de amor es rutinaria, una aventura que estropearía cualquier amor platónico, volviéndolo terrenal y mundano. Pero ¿cómo decir algo que te estalla en el pecho sin utilizar una sola palabra?

Bird the bee. Fuente: alamodest

Bird the bee. Fuente: alamodest

Lo mejor que tiene amar a alguien es que se puede hacer en un dialecto tan antiguo que lo tenemos interiorizado, asimilado por milenios, pero sin saber cómo funciona o cuales son sus palabras. Todo vale para expresarlo, desde un guiño a un poema, un objeto o una canción; las canciones dicen más cosas coherentes que nosotros, se aventuran a desnudarte cuando tu no te atreves y no te piden permiso cuando te hacen daño.

Ya sabían cómo decirse cosas al oído sin tener que acercarse, sin tener que hacerlo ninguno de los dos. Crearon una lista en Spotify dónde irían añadiendo canciones cada vez que se acordarán de una palabra que hubiese dicho el otro, de cómo mueve las manos, los labios al reírse o simplemente, cuando se echaran de menos; serían las canciones elegidas por ambos las que hablaran por ellos.

Fueron añadiendo canciones cada día, canciones que tenían significado:

L.O.V.E, it’s a mystery.
What is your secret?
I can’t take my eyes off of you.
Cause I’m nothing like you.
Look at what you’ve done to me.
Hey, boy, won’t you take me out tonight?
I wanna love you every day and every night.
I’d rather dance with you than talk with you.
Cause I love you.
Hold back the river, let me look in your eyes.
You make my heart beat like the rain.
Don’t, don’t you want me? You know I can’t believe it
Sometimes everything is wrong.
But I don’t want nothing at all.
Then love, love will tear us apart again.
But if you loved me. Why’d you leave me?

Hasta que decidieron que las deberían cantar ellos mismos, cara a cara, sin auriculares o pantallas de diez pulgadas de por medio, sin excusas para no besarse.

Pero está claro que las canciones mienten, cómo las personas, y los “te quiero” ya no sonaban tan bien cómo los de “The bird and the bee” o los de Daniela Andrade. Decir lo siento era más difícil que poner una canción de Bahamas y que la reproduzca en bucle una o dos veces al día.

Las canciones se volvieron absurdas, ya no quedaba nada que decirse sin mirarse; los corazones se callaron y dejaron de latir al ritmo de sus deseos; se querían, pero sólo cómo miembros de su lista “Amores extrañados”.

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