¿Con qué te quedas, día de los Santos o día de los muertos?

¿Calabazas, Calaveras, Huesos de Santo, Castañas, Recogimiento, Disfraces, Máscaras, Flores, Lápidas, Zombies….?

En qué momento de nuestra historia hemos reconvertidos nuestros gustos y costumbres. Es relativo, verdad. Lo hemos adquirido poco a poco y sin darnos cuenta lo integramos en nuestro calendario. Lo que antes estaba lleno de misticismo, velas, lápidas, flores y un halo de respeto inquietante, ahora se ha convertido en día de fiesta de disfraces, calabazas, chocolates, brujas, zombies, calaveras y cachondeo macabro que impregna éste día de fantasía mortuoria.

Así pues, una de de las costumbres más arraigadas en nuestro país como es la cocina, la echo de menos. Esos dulces diferentes que nuestros pueblos hacen de forma puntera en cuanto a calidad y creatividad en el paladar. En el recuerdo están los huesos de Santo que estabas deseando que tu madre sacara la bandeja de la pastelería y que llenan de  un sabor puro a mazapán y yema, anunciando la próxima Navidad. Ahora estos deliciosos bocados también han sufrido el cambio cultural y no sólo los hay de yema, si no de fresa, chocolates y limón, y no sé por cuánto tiempo más serán llamados por su nombre original. También me viene al recuerdo aquellos buñuelos de viento rellenos o no, con esa textura que estremece al paladar tanta suavidad crujiente y ligera. Y tenemos los panellets, con esos piñones tostados, deliciosos que estallan al masticar. Al igual que los pestiños, que se deshacen en la boca esbozando una sonrisa al que lo come; increíbles. Y ya no hablemos de las castañas asadas, que recuerdan a las estufas de leña, a las chimeneas encendidas y que da inmenso gusto acercarse en un día gris cuando entras de la calle de tu pueblo a la casa de tu abuela.

Son sabores, sentimientos, emociones que brotan al sentir ese bocado que ahora en estos tiempos se ven amenazados con chocolatinas y dulces muy dulces que a la vez quitan hierro a éste día tan sugestionable y religioso que da tanto repelús. Espero que nunca se pierda los de siempre, porque me encanta lo que sabe a recuerdo, a nuestras abuelas y abuelos y padres, a pueblo, a casa, a tradición; en definitiva a nosotros. Para mí, vale más el sabor del recuerdo de un hueso de Santo y el olor a café recién hecho con toda la familia alrededor de una mesa con tapete y brasero, que mil risas al asustar a alguien vestida con harapos sucios y sangre de pega. Pero es mi humilde opinión y mis recuerdos más profundos.

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